VUPACI participa en un articulo acerca del espacio publico y la creación de redes sociales

El control de las conductas sociales a través de la arquitectura

Un artículo publiado por Alberto Barbieri con la colaboración de Pedro Uceda

La arquitectura hostil, o defensiva, es una tendencia de diseño urbano donde los espacios públicos se construyen o alteran para desalentar su utilización indebida. La protagoniza un ‘mobiliario a vocación disciplinaria’, según la definición de algunos sociólogos. Los más afectados por esta estrategia son las personas sin hogar y los que más explotarían los espacios de agregación: los jóvenes.

Objetos, luces y sonidos hostiles

Un símbolo de la arquitectura defensiva es el Camden Bench, el objeto urbano ‘anti-todo’. Instalado por primera vez en Londres en 2012, en estebloque de hormigón es imposible dormir, no tiene grietas en las que se pueda acumular suciedad, es antirrobo, anti-skaters, porque sus bordes dificultan el deslizamiento, y anti-graffiti, por su recubrimiento que repele la pintura. Se puede usar solo para sentarse, aunque de una forma un tanto incómoda.

En muchas ciudades del mundo han proliferado los bancos con un brazo metálico en el medio, de asiento individual o hasta verticales, para estar de pie. También es cada vez más común el uso de pinchos para que las personas no se puedan sentar enfrente de escaparates y portales, o el de bolardos para limitar el acceso a zonas de agrupación.

Cada vez son más frecuentes los bancos con brazos metálicos para evitar a indigentes y cualquier uso que no sea sentarse
Cada vez son más frecuentes los bancos con brazos metálicos para evitar a indigentes y cualquier uso que no sea sentarse (VictorHuang / Getty Images/iStockphoto)

También se usan métodos más sofisticados. En Portland, EE.UU., emplearon la música clásica como elemento disuasivo para la agregación juvenil. Como si para los adolescentes, Bach y Mahler fueran una especie de insecticida. Otras ciudades utilizan generadores de zumbido de alta frecuencia, que resultan molestos especialmente para los menores de 25 años. En el Reino Unido se han construido barrios residenciales con una iluminación rosa que resalta las imperfecciones de los adolescentes y así desalentarlos a salir de casa por la noche.

La iluminación azul se usa en cambio para que los toxicómanos no puedan verse las venas, mientras que en el metro de Tokio, la emplearon para reducir el número de suicidios, gracias a los efectos calmantes de ese color. En Alemania, las paredes de algunas estaciones han sido recubiertas por una pintura hidrofóbica que ‘rebota’ el líquido en los zapatos de quien las use como orinal.

Un atajo ineficaz

Las administraciones más propensas a utilizar dichos recursos son las de las ciudades más ricas y grandes, que deben hacer frente a una gran cantidad de personas e inconvenientes. “El Ayuntamiento de Barcelonano contempla la utilización de mobiliario hostil o defensivo y apuesta por soluciones concretas en relación a conductas incívicas”, aseguran fuentes municipales de la capital catalana.

Con elementos como estos impiden que nadie pueda sentarse frente a los escaparates
Con elementos como estos impiden que nadie pueda sentarse frente a los escaparates (Tempura / Getty Images)

Sin embargo, no se trata solo de los elementos disuasorios, como explica Pedro Uceda Navas, profesor de Sociología Urbana de la Complutense de Madrid: “Una plaza sin zonas verdes, granítica, con equipamientos infantiles inadecuados, puede ser ‘vendida’ por el gobierno local como una rehabilitación del espacio, pero no favorece el uso del mismo por las vecinas y los vecinos”.

Las opciones defensivas eliminan la necesidad de vigilancia e intervención humana, pero más que ofrecer soluciones a los problemas, buscan re-ubicarlos o ocultarlos, según la lógica NIMBY (no en mi patio trasero). “La instalación de cámaras de vigilancia en ciertos puntos de la ciudad, son intentos de disuadir actos delictivos, pero también restringen el uso de ciertos colectivos y no hacen otra cosa que desplazar los espacios donde pueden suceder esos hechos delictivos”, asegura Uceda. Más o menos lo mismo que pasa con las palomas.

Estos populares pinchos hace años que evitan que se posen las palomas
Estos populares pinchos hace años que evitan que se posen las palomas (KeremYucel / Getty Images/iStockphoto)

Solución técnica a un problema social

La arquitectura hostil, de alguna manera, pretende reemplazar el estado del bienestar, con soluciones que abordan desde un punto de vista meramente técnico los síntomas de un problema social, obviando considerar sus causas. Además, hay que tener en cuenta que estas actuaciones urbanísticas limitan también el uso del espacio público al resto de ciudadanos y merman su libertad.

Aparentemente las administraciones locales son conscientes de la miopía de la estrategia defensiva. En Badalona, la administración ha sustituido algunos de los bancos individuales por otros modelos más colectivos a petición ciudadana. En Madrid, la alcaldesa Carmena ha retirado los pinchos de la fuente de Sol para que vuelva a ser utilizada como asiento.

“Las problemáticas y conflictos se tienen que abordar desde diferentes ámbitos como campañas de sensibilización o la participación de servicios sociales”, aseguran desde Barcelona. Por su parte, el Ayuntamiento de Badalona considera que medidas como la “arquitectura hostil no van a la raíz de los posibles conflictos y, además, tienen el peligro de criminalizar ciertos colectivos como por ejemplo la juventud, los migrantes o las personas sin techo”.

Lo cierto es que faltan baños públicos, los albergues municipales suelen encontrarse en las zonas más periféricas de las ciudades y peatonalizar o dedicar suelo al verde urbano es tarea hercúlea. Por otro lado, la educación cívica brilla por su ausencia en los colegios españoles, por muchas recomendaciones del Consejo de Europa y aprender a respetar el espacio de todos parece una quimera.

La perdida de los espacios públicos

Si a la planificación de espacios públicos hostiles, se le añade el impacto que han tenido los terribles atentados de los últimos años, el resultado es el nacimiento de una cultura de la seguridad, percibida más que real, que repercute en lo que llamamos espacios de agregación. No solo no podemos, sino que ya ni queremos agregarnos.

Por otro lado, y no menos importante, está el hecho de que muchos espacios públicos se han convertido en zonas comerciales alquiladas a grandes empresas, donde el individuo es más consumidor que ciudadano. Es el fenómeno que el historiador de la arquitectura Iain Borden ha llamado ‘mallification’, es decir, la transformación de las ciudades en grades superficie al aire libre.

Los espacios públicos han sido conquistados por una arquitectura hostil
Los espacios públicos han sido conquistados por una arquitectura hostil (benedek / Getty Images/iStockphoto)

Vivimos en la época de las ciudades escaparate, donde el orden y el decoro son perseguidos, sobre todo, para la tranquilidad de compradores y turistas. Cada vez es más difícil encontrar un lugar para sentarse en un espacio público, sin la obligación de consumir bienes o servicios. En esta especie de teatro colectivo, problemas como la pobreza y la marginación deben quedarse bien escondidos debajo de la alfombra o muy lejos de la vista.

El ciudadano no debería resignarse al aislamiento dentro de una falsa burbuja de seguridad, y tampoco aceptar el degrado, sino aspirar a ser protagonista en la creación de la ciudad en la que quiere vivir. Como dice el profesor Uceda, “los espacios públicos deben ser inclusivos, favorecer la permanencia en ellos y poder ser reconocidos como algo propio del individuo. En otras palabras, debemos apropiarnos de los espacios públicos, y no dejar que nos digan cómo tenemos que utilizarlos”.

 

Acceso al artículo original:

espacio público y su papel en la Ciudad para la creación de redes

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